OPINIÓN

Barrabravas de la lengua

María Rosa Beltramo
María Rosa Beltramo

Martín Caparrós tiene prestigio aquí y en España. Recientemente fue distinguido con el premio Ortega y Gasset que otorga El País, diario en el que es columnista desde hace años.

En la ceremonia de entrega se dio el gusto de agradecer en verso, un esfuerzo que fue reconocido y contribuyó a acrecentar su fama de intelectual respetable aunque tal vez algo arriesgado.

En esa condición fue invitado a participar del IX Congreso Internacional de la Lengua Española que este año se realizó en Cádiz.

El foro, que reúne a hombres y mujeres que se esmeran por mantener la vigencia del castellano, abordó, entre otras cuestiones, si el idioma que hablan en la actualidad casi 500 millones de personas en 21 países debe continuar llamándose español.

Los ingenuos que todavía creen que la disputa más virulenta que existe en la actualidad es la admisión o no de la terminología inclusiva, no tienen idea de la que se armó cuando Caparrós propuso cambiarle el nombre a la lengua porque el actual es «la de un imperio que la impuso a sangre y cruces».

Más de uno de los que había aplaudido a rabiar los esforzados versos del periodista se puso repentinamente serio.

Corajudo, como lo demostró cuando se puso a emular a José Hernández, Caparrós avanzó en el tema y sugirió rebautizar el español como Ñamericano.

La palabrita no se le ocurrió en ese momento. Hace tiempo que la emplea e incluso le sirvió para titular un volumen con sus mejores crónicas.

En el congreso hubo rostros adustos y otros sonrientes, pero la cosa no pasó a mayores. La jornada destinada a tratar «El español, lengua común. Mestizaje e interculturalidad en la comunidad hispanohablante», moderada por la escritora y académica Carme Riera, terminó sin derramamiento de tinta.

El lío se armó después cuando el diario La Vanguardia publicó un artículo titulado “Martín Caparrós propugna llamar ‘ñamericano’ al castellano” que el periodista y escritor argentino compartió en su cuenta de Twitter.

Arturo Pérez Reverte, su colega español por partida doble -es también periodista y escritor- saltó al ruedo de la red social al grito de:“Yo tengo una propuesta” .

Y a continuación escribió: “Gilipañol, la 1. adj. Perteneciente o relativo al gilipañol. 2. m. Lengua artificial, pero en notable expansión, que hermana a los hispanohablantes gilipollas de España, gran parte de América, Filipinas, Guinea Ecuatorial y otros lugares del mundo”.

Seguro no hace falta aclararlo pero, por las dudas, gilipollas quiere decir «tonto o idiota» según el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española.

Hay muchas formas de plantear las disidencias. Se supone que entre gente que cultiva el intelecto, lo ideal es presentarse, saludar y explicar el propio punto de vista si se está en desacuerdo con el otro.

 

 

El problema, a menudo, es la dosis extra de egolatría que empuja a personas que se dicen inteligentes a actuar como barrabravas. Parece el caso de Caparrós y Pérez Reverte, dos tipos de pocas pulgas que andan por el mundo como si supieran dónde está la fuente de la eterna juventud o les hubieran revelado en secreto la fórmula de la Coca Cola.

Apenas leyó lo del Gilipañol, el nuestro no resistió la tentación de preguntarle al hispano «¿Ese es el idioma en que tú escribes, no?».

Por el momento dejaron la pelea ahí, pero es probable que se vuelvan a cruzar en algún congreso, con un moderador de por medio o en las redes, a la distancia, ya que no parecen dispuestos a una charla cara a cara ni a una triste pulseada que les permita invertir algo de la energía que pierden en maltratarse por escrito.

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